Me permitirás, estimado conciudadano, que aborde otra vez el tema del Tiempo, puesto en mayúscula, sólo para indicar hasta qué punto es importante para nuestra visión poner esta palabra en el centro de nuestro pensamiento. Nos lo recordaba el otro día Mercadal cuando dijo, mientras paseábamos frente al Club Natación Barcelona:
—Creo
que no somos conscientes, los humanos de hoy en día, hasta qué punto el Tiempo
se ha situado en el centro de nuestras vidas. Mil veces hemos hablado del papel
que juegan en la actualidad los relojes y las nuevas y sofisticadas formas de
medir el tiempo, que pueden dividir los segundos hasta extremos que nunca
llegaremos a percibir con nuestros sentidos y cerebro. Fijaros como en las
vidas normales de las personas nos movemos por los márgenes propios de las
medidas horarias, es decir, entre aquellos espacios de tiempo que caben en la
lógica de los relojes, con sus años, meses, días, horas, minutos y segundos. Se
trata, por supuesto, del viejo tiempo de los ciclos anuales marcados por el
calendario agrícola. Es también el actual tiempo democrático de la vida social
en el que todos nos sentimos como quien dice 'en casa'. Y si nos sentimos
'todos en casa' es porque realmente se trata de un tiempo colectivo que es
igual para todos, al estar compuesto de las unidades democráticas de medida.
Ello provoca estas sensaciones tan recurrentes de que los días, los meses, los
años, pasan demasiado rápido. Una percepción que deriva en queja, como si
hubiera aquí algún tipo de estafa, como si alguien nos hubiera engañado
otorgándonos unos minutos y unas horas que son en realidad más cortos de lo que
parecen.
Estábamos
conscientes los de la Colla que Mercadal tenía un día inspirado y que había que
escucharlo con atención, sobre todo porque a veces sus ideas eran complicadas y
nada fáciles de seguir.
—Y creo
que se entiende que tengamos esta percepción por el simple hecho de que este
tiempo, en efecto, no es el nuestro de verdad sino el colectivo de la sociedad
que nos hemos dado por consenso o por claudicación, y por eso nos sentimos
estafados. Pero atención: sabemos de sobra que el Tiempo, desde que Einstein
nos lo dijo, no es absoluto sino relativo, lo que debe entenderse como que hay
tantos tiempos como sombreros y cabezas hay en el mundo. Una verdad que la
física acepta y que sustenta toda la actual tecnología de las
telecomunicaciones. Socialmente, sin embargo, este principio de que hay tantos
tiempos como cabezas pensantes, no se ha aceptado, y por eso nos engañamos y
vivimos un tiempo que no es el nuestro propio y verdadero, sino el colectivo de
la sociedad y de los demás, lo que explica esta sensación de estafa o de
carencia.
—De
cajón —no pude menos de exclamar, ante aquellos pensamientos que por otra parte
ya habíamos ventilado en otras ocasiones.
—Como es
lógico, poco a poco los humanos vamos entendiendo estas ideas y es normal que
cada vez haya más personas que se singularicen con un tiempo propio, que no
tiene nada que ver con el colectivo, y que ofrezca perspectivas de las cosas y
del devenir del todo insólitas y originales. Pienso en un José Tomás, el gran
torero, o en un Ferran Adrià, por poner dos simples ejemplos de genios actuales
dotados de tiempos propios. Sin ir más lejos, nosotros mismos, sin ser genios
de ningún tipo, somos uno de estos casos: al ver el tiempo con ojos propios,
podemos imaginarnos el pasado a partir de lo que nos han dicho o hemos leído,
eso es inevitable, pero en cambio tanto el presente como el futuro los tenemos
libres, lo que explica que veamos nuestras cosas y lo administremos a nuestra
manera, según lógicas visionarias en unos casos o astrológicas en otras como es
mi caso. Lógicas que no tienen nada de objetivo ni son demostrables, por supuesto.
—Lo has
explicado a la perfección, Mercadal —no pude menos que exclamar.
—Y esto
también nos aclara no pocas cosas del Polimonarquismo. Si tenemos en cuenta que
un linaje real inaugura siempre un calendario, como ha sucedido a lo largo de
la historia, el nacimiento de miles de nuevos palos monárquicos representa el
nacimiento de miles de nuevos calendarios que sirven para los partidarios,
seguidores y usuarios de cada monarquía Y ese apoderamiento del tiempo que
harán los pequeños grupos sociales, desde el momento en que se instauren como
casa real, disparará su popularidad, ya que disponer de un tiempo propio será
pronto una necesidad de primer orden para las sociedades desarrolladas. El
polimonarquismo aparecerá entonces como una sencilla pedagogía democratizadora
de este deseo de disponer de tiempo propio, instaurando una pluralidad de
tiempos sociales diferentes.
Nos
quedamos impresionados ante las palabras de nuestro amigo astrólogo y médico
jubilado, que situaba el fenómeno de la Polimonarquía con tanta precisión
filosófica. Corominas, que siempre intentaba poner dudas o simplemente llevar
la contraria, dijo:
—Te has
explicado muy bien, Mercadal, pero también tendrás que reconocer que las
polimonarquías de las que hablas serán en muchas ocasiones simples artimañas
para sobrevivir en un mundo competitivo y absurdo, por lo que estos tiempos
propios instaurados por cada linaje en realidad serán tiempos de poca monta,
casi de juguete o de mofa en muchos casos, por lo que difícilmente podrán ser
una alternativa al tiempo social o colectivo.
—Tienes
razón, Corominas —contestó siempre solícito el doctor Mercadal—, pero piensa
que en un futuro próximo, y quizás más cercano de lo que pensamos, los tiempos
colectivos serán básicamente ‘tiempos basura’, para trabajos de simple mano de
obra física valorada a precio de saldo, por lo que será casi una obligación
inventarse cualquier otro trabajo o asociarse a quien los invente con unos
ciertos márgenes de generosidad o de empatía. Y eso es lo que hará el
Polimonarquismo, crear nuevos núcleos de ocupación de tiempo y de trabajo,
capaces de entusiasmar a un sector grande o pequeño, y con capacidad de
competir en el mercado.
Se quedó
callado Mercadal, impresionado quizá por las alturas de su propio discurrir.
Pensé que sería bueno intervenir para acabar de alguna manera su argumentación.
—En
verdad en verdad os digo que veo el Polimonarquisme como un estallido de
linajes reales de poderes muy relativizados, debido precisamente a su
multiplicación, lo que obligará a una ordenación taxonómica de esta
multiplicidad, con sistemas de coordinación logística de una gran
sofisticación, con límites, techos y reglas de protocolo a diferentes escalas:
urbana, comarcal, regional, autonómica autodeterminada o autofederada en el
caso ibérico. Y cuando el fenómeno polimonárquico se esparza por Europa, la
reglamentación vendrá orquestada por el paraguas de la Unión Europea, que
encontrará en esta tarea una de sus funciones más importantes y justificadas.
Al haber tantos palos monárquicos compitiendo entre sí, sus poderes estarán muy
mermados y obligados a encajar en un todo, siendo su representación oficial y
logística la ya mencionada Corte de Reyes, de una vistosidad despampanante. Y
si tenemos en cuenta que la presencia de los palos reales en la Corte de Reyes
será decidida por rigurosas elecciones generales, veremos que disfrutará de
unas garantías democráticas considerables.
—Tienes
toda la razón del mundo, Bastides —exclamó Mercadal, iluminado de pronto con
una idea nueva en la cabeza—. Y ahora veo con total claridad como en un futuro
no muy lejano aparecerán en el mercado relojes que marcarán el tiempo según
criterios personales, por lo que uno se podrá sincronizar con la hora
colectiva, si lo que quiere es coger un avión o llegar tarde al trabajo, pero
también lo podrá hacer según criterios singulares, estableciendo la duración de
los minutos y de las horas a partir de las necesidades y los caprichos de cada
uno, o del correspondiente palo monárquico al que uno se quiera o se sienta
asociado. De esta manera se implantará una libertad de vivir el tiempo según te
apetezca, aunque seguirá siendo imposible escapar al ritmo de los días y de las
noches, claro, un ritmo cosmológico del que los humanos tendremos que ser más y
más conscientes.
—¡Un
tiempo hecho a medida! —exclamó Paquito—. Y, ¿no será todo esto un galimatías?
—Sí y
no. Piensa que los humanos sentiremos pronto una necesidad urgente de escapar o
de abrir puertas y ventanas a este tiempo único y colectivo del reloj
sincronizado, cuyo objetivo no es otro que el de hacernos marcar el paso, bien
comandados por los que tienen el control del silbato, es decir, por los dueños
de las tecnologías encargadas de establecer la sincronía. Por lo tanto, el tema
de la libertad será una pura necesidad de supervivencia de la propia especie,
si ésta quiere seguir siendo humana.
—Precisamente
de eso hablan los que temen el gran poder que pronto tendrán las tecnologías de
la Inteligencia Artificial —dijo Corominas.
—Exacto.
Y se entiende que los que controlen estos poderes tecnológicos no los querrán
perder, como ya ocurre hoy, lo que obligará, a quienes quieran escapar de este
control, a inventarse mil artimañas, abriendo las vías de otros caminos
laterales, que no despierten recelos al estar basados en una simple búsqueda de chucherías imaginativas y finalmente de beneficios económicos.
—Los
Polimonarquismos, claro ... —dijo Paquito, como si de repente se le hubiera
iluminado una bombilla en la cabeza
—Pero
fijaros en una cosa: cuando se celebren actos comunales de los distintos palos
monárquicos, ya sea en las sesiones de la Corte de Tronos y Tronas, ya sea en
otras efemérides festivas y celebratorias, el hecho de tener que sincronizar
todos sus relojes a un único tiempo, será vivido por el conjunto de las coronas
sincronizadas como un rito asociativo de un peso enorme, una demostración de
hasta qué punto seremos capaces de pasar de la más feroz multiplicidad a la
unión y a la igualdad más explícitas y sinceras. Este pasar de lo múltiple a la
unidad constituirá una de las pedagogías más importantes del Polimonarquismo,
lo que cambiará a la larga la naturaleza humana y social del Mosaico Ibérico.
Impresionados
por las dimensiones de la conversación, seguimos caminando, mientras pensábamos
las últimas ideas esgrimidas, las cuales parecían bailar sobre las suaves olas
del mar que rompían a nuestros pies, como si los brillos del agua fueran los
fulgores provocadas por el sol sobre miles de coronas chispeantes, las que se
mecían sobre las crestas del mar con una cadencia sonora de un tiempo suave y
mediterráneo, dulce y sabio para nosotros.