Creo pertinente, querido conciudadano, y aun a costa de llevarme a mí mismo la contraria, que antes de situarnos en fechas más avanzadas del calendario, nos fijemos en los cambios que se avecinan en la llamada Industria Turística, que pronto van a llegar a ser determinantes para el futuro de España. Algo lógico, si tenemos en cuenta la importancia que tiene el turismo en el conjunto del país, al movilizar a una tan amplia gama de actividades y ocupaciones.
Los implicados en este negocio que, como un pulpo, tiene mil patas, se preguntarán un día: ¿Qué hacer para revitalizar un país que se repite hasta la saciedad en relación con su actividad principal, con los conceptos de sol y playa exhaustos, y que busca con desesperación atractivos más solventes con los que pescar nuevas camadas de turistas?
¿Cómo conseguir que nuestros clientes de Europa, pero también de la China, de la India y de todos los rincones del mundo, sigan sintiendo ad aeternum los deseos irrefrenables de venir a visitarnos?
Nuestra visión del futuro, bien avalada por el amigo Mercadal y la Colla de la Playa en pleno, nos induce a pensar que en las próximas décadas un grupo selecto de pensadores del negocio turístico, contratados por una suma de ciudades de las Comunidades Autónomas de Valencia y de Murcia, comprenderán la urgencia de inventar ‘cosas nuevas’, cosas que se salgan de lo normal y que tengan la fuerza de lo novedoso e irrebatible.
Según nuestras propias indagaciones, será la ciudad de Alcoi una de las primeras en ofrecer nuevas ideas. Una ciudad, Alcoi, que nunca fue turística en demasía, pero que de pronto sentirá la llamada del Futuro y querrá responder a ella con decisiones que resultarán trascendentales.
Verán los expertos que Alcoi dispone de un capital festivo de primera magnitud pero que se reduce a un único acontecimiento anual. Me refiero a la Fiesta de Moros y Cristianos, que moviliza a masas ingentes de público local y visitante. Por supuesto, también durante las Navidades tienen a su famoso Tirisiti y a su arcaica procesión de los Reyes Magos, una de las más antiguas del país, eventos muy importantes pero insuficientes para mutar la situación.
Se dijeron los prohombres más avispados del lugar: ¿por qué no aprovechar esta capacidad tan extraordinaria de fabulación festiva de la Fiesta de Moros y Cristianos, con todo el complemento inaudito y tan ingenioso de los disfraces y de las bandas de música, un fenómeno único en el mundo? Si, dirán los entendidos, esto está muy bien, pero nos falta lo esencial, ese algo capaz de aglutinar lo festivo y elevarlo a una categoría nueva, superior y singular.
Será el clarinetista Lluc d’Alcoi, un joven emprendedor local, quien, en un taller de innovación futurista, dará con la idea tan buscada: ¿por qué no elegir a un Rey de la Fiesta?
Un rey… Absurdo, dirán unos, demodé, huele a viejo, afirmarán otros, y seguramente tendrán toda la razón del mundo. Pero la idea, tal como llegó, se quedará, y se acomodará a las mentes inquietas de aquel cónclave de buscadores del futuro. En efecto, aparecerá y se quedará, si no para siempre, sí para un par de siglos, como mínimo.
Elegir a un Rey de la Fiesta, un título que exigirá un protocolo, un calendario de celebraciones y de apariciones públicas, un palacio residencial que no deberá ser ni anodino ni vulgar ni modesto. Una corona que se incrustará en el tejido social sin despertar suspicacias, sin afanes de posesión conquistadora ni de expansión territorial, pero sí con una vocación de presencia grandilocuente y fastuosa, complementaria a la modernidad del diseño y del vestuario, y una mirada de ambición universal, como es propio de cualquier monarquía.
Solo faltaba una cosa: ¿cómo rematar la idea con una adición que lo establezca, de una vez por todas y para siempre, en el centro de la atención local, regional, nacional y, por supuesto, internacional?
Será de nuevo Lluc d’Alcoi quien aporte la solución: importar a una familia de diez elefantes de la India y a treinta dromedarios de Marruecos. Algo absurdo para muchos, pero trascendental para que Alcoi levante la cabeza con orgullo para decir: ‘¡Sí, me llamo Alcoi y aquí estoy!’
Para apuntalar la idea, se creará un enorme parque zoológico especializado en animales de transporte (elefantes, dromedarios, camellos, burros, lamas, mulas y macizos caballos de carga), que harán las delicias de los visitantes con recorridos por los paisajes del territorio, como hoy se dice, y que servirán para vestir las impresionantes procesiones y las fiestas que pronto la nueva Monarquía empezará a desarrollar.
No es de extrañar que el ayuntamiento de la ciudad en pleno, con el asesoramiento del cónclave de expertos más el recién fundado Consejo de Ancianos de la ciudad (una decisión que tendrá consecuencias inmediatas y duraderas en toda la Península), decida elegir como primer Rey de la Fiesta al mismísimo Lluc d’Alcoi, el joven clarinetista inventor de la idea quien, provisto de un porte elegante y de mucha gracia natural, pasará a llamarse Lluc I d’Alcoi i de la Festa.
La ocurrencia sorprenderá enormemente a propios y a extraños, pero lo que maravillará a todo el mundo es el éxito que tendrá, pues la Fiesta de Moros y Cristianos, que hasta entonces habrá sobrevivido con una buena presencia de público, pero circunscrita a la inercia de unas celebraciones que no dejan de ser una rutina del calendario festivo, de pronto se disparará de tal modo que, al año dos del reinado de Lluc I d’Alcoi, se tendrá que desplazar el desfile de proclamación, con sus cabalgatas de elefantes, burros, camellos y lamas, a la ciudad de Valencia. Una fiesta que, en volumen de participación y de visitantes, superará con creces, a los pocos años, a las mismas Fallas. ¡Inaudito!, exclamarán los expertos.
No serán pocas las resistencias encontradas, sobre todo por los partidos animalistas, en alza en los últimos tiempos, a los que no gustará para nada el uso público y festivo de los animales de carga. Pero también aquí se acabará venciendo, cuando un sector del mundillo animalista de Valencia se haga, de golpe y porrazo, y ante el asombro de todos, profundamente taurino. El mérito se lo deberá apuntar el mismísimo Lluc I d’Alcoi, tan convencido estará de la solvencia de sus ideas. Tras muchos encuentros, debates, talleres de prospección y conferencias especializadas, con profusión de invitados e invitadas internacionales, Lluc se ganará el corazón de sus detractores al poner la dignidad de los animales en primer término.
Dirá: Señoras y Señores, nada es más importante, en la vida y en la muerte, que todos vivamos con dignidad, nosotros y nuestros queridos hermanos del Reino Animal. Demostrará con hechos que la colaboración con las familias de elefantes y dromedarios, rescatados de explotaciones truculentas, será algo que redundará en beneficio de todos, y se sumará con vehemencia a la campaña contra los mataderos industriales, donde se practica el exterminio en masa de nuestros hermanos mamíferos.
La cuestión es que las nuevas ideas correrán como la pólvora y que por toda la geografía valenciana empezarán a brotar nuevas monarquías a cuál más original y variopinta, con la intención si no de emular, si de igualar el éxito de Alcoi, al darse cuenta de que la veda para proclamar nuevas monarquías temáticas estará abierta, una barra libre donde servirse las más estrafalarias ocurrencias.
Como es lógico, en los equipos de expertos diseñadores del futuro habrá no pocos catalanes, avispados investigadores de lo social que habrán dejado las capitales de Cataluña, hartos de las inútiles divisiones y ansiosos de respirar aires más abiertos y creativos.
Valencia será de este modo el mayor foco de atracción de los cerebros más despiertos del país, tras haberse convertido en la meca peninsular de la innovación de las ideas, del turismo y del comercio.
Cabe destacar aquí las monarquías temáticas más llamativas de esta primera época emergente, empezando por la Tomatina de Buñol, cuya reina, Doña Florentina Tomate I, gozará de una fama enorme. Por supuesto, habrá otras monarquías de la Fiesta en las localidades donde más notorias son las celebraciones de Moros y Cristianos, así como la presencia de bandas musicales, las cuales dispondrán de sus correspondientes monarcas, dada la alta estima que sienten los valencianos por la práctica musical y los pasacalles.
Esta fama de la música incentivará con fuerza inusitada la construcción de nuevos conservatorios y una industria emergente, la de la fabricación de instrumentos metálicos de viento, con trompas y tubas de dimensiones descomunales, creadas para ser transportadas con carricoches en las desfiladas musicales, y que no tardarán en despertar el interés de las principales orquestas del mundo, ansiosas de incorporar en sus fosos unos instrumentos tan colosales y refinados.
Como dijimos antes, Murcia se sumará de inmediato a la inventiva valenciana, siendo el primer palo monárquico instituido la Reina de la Huerta Doña Paca Raimunda I de los Melones. Mujer elegante y de armas tomar, inaugurará el primer linaje dedicado a los trabajos del campo, a la que seguirán varias dinastías murcianas y valencianas dedicadas a la Naranja y a la Mandarina, a los Pimientos y a las Calabazas. Cada fruto de la huerta tendrá, en un lugar u otro, su monarca correspondiente. Más adelante se sumarán a ellos los palos del Vino, pero ya en la etapa posterior de expansión del polimonarquismo en toda la Península, una vez Cataluña se haya incorporado con decisión a la ola transformadora levantina.

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